María, Reina del cielo



En la solemnidad de la Inmaculada Concepción también nosotros podemos decir con palabras del profeta Isaías recogidas en la antífona de entrada: Gaudens gaudébo in Dómino, et exultábit ánima mea in Deo meo (“me llena de gozo el Señor, mi alma se alegra con mi Dios”, Is 61,10).
Durante los días de la novena de la Inmaculada hemos intentado llevar y meter a la Santísima Virgen en todo y para todo. Te pedimos perdón, Madre nuestra, por nuestras negligencias y faltas, por las omisiones. 
                 
Transportando el Arca
María es Foederis arca, el Arca de la alianza. La portadora de Dios. El Arca fue para el pueblo de Israel el signo de la presencia de Dios. Conmueve leer en el Antiguo Testamento como David introduce en Jerusalén el Arca de la Alianza. Es una fiesta grande. Después de preparar un lugar apropiado y convocar a todas las familias de Israel, cuenta el libro de las Crónicas en una descripción maravillosa: “Se santificaron pues, los sacerdotes y los levitas, para subir el arca del Señor, Dios de Israel. Y los levitas trasladaron el arca de Dios poniendo sus varales sobre sus hombros, como lo había ordenado Moisés, según la palabra del Señor.
David dijo a los jefes de los levitas que dispusieran a sus hermanos los cantores con instrumentos musicales, arpas, cítaras y címbalos, para que los hiciesen resonar con fuerza en señal de júbilo (…) Los cantores Hemán, Asaf y Etán hacían resonar címbalos de bronce. Zacarías, Yaaziel , Semiramot, Yejiel, Uní, Eliab, Maasías y Benaías tenían arpas de tonos altos. Matatías, Eliflehu, Micneías, Obededon, Yeiel y Azazías, tenían cítaras de octava, para dar el tono. Quenanías, jefe de los levitas encargados del transporte, dirigía el traslado, porque era experto. Berequías y Elcaná eran porteros del arca. Sebanías, Josafat, Natanael, Amasay, Zacarías, Benaías y Eliécer, sacerdotes, hacían sonar las trompetas delante del arca de Dios. Obededom y Yejiyá eran porteros del arca” (1 Cr 15, 14-23).

La Virgen Santísima es la verdadera Arca de la Alianza, Templo de la definitiva presencia de Dios sobre la tierra. Por eso dice San Juan Damasceno: “Hoy descansa en el Templo divino, no fabricado por mano alguna, la que fue también Templo del Señor” (In Assumptionem 2).

¡Como no nos vamos a llenar nosotros de alegría en una fiesta como la de hoy!: Gaudens gaudébo in Dómino, et exultábit ánima mea in Deo meo.

Hoy es un día para contemplar con más profundidad el amor de Dios por nosotros: “ahondar en la hondura del Amor de Dios”, contemplando a la Santísima Virgen, metiéndola en todo y para todo.

Santa María la Real de la Almudena
Hoy hemos de organizar una entrada especial de la Virgen en nuestra vida: esas jaculatorias serán nuestros címbalos, nuestras arpas, nuestras cítaras de octava, para dar el tono. Tenemos que adentrarnos así. Que sea yo también un templo para Jesús.

Ahondar en el amor de Dios por nosotros no es sólo asombrarnos. Mirando a la Santísima Virgen sabemos que no podemos imitar a María en su condición de Madre de Dios e Inmaculada. Pero si podemos tratar de imitarla en su santidad de vida. Ella fue engendrada sin pecado original, pero la victoria sobre el pecado a lo largo de su vida fue fruto de su lucha. Hoy, en la segunda lectura, leemos a San Pablo:

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad (Ef 1, 3-5).

A María no le faltó la gracia para vivir en todo momento como correspondía a la santidad de la Madre de Dios. A nosotros tampoco nos faltará la gracia para que podamos cumplir en todo momento la voluntad de Dios: ser santos, con todas las consecuencias y en todas las circunstancias.
Para el pueblo de Israel el arca era el signo de la presencia de Dios. Para nosotros lo es la Santísima Virgen: camino seguro. De su mano, Dios –la Santísima Trinidad- se va metiendo más y más en nuestra vida. Ella es nuestra seguridad: nuestra Madre.

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