La familia de Jesús

El Papa Francisco ha decidido iniciar una catequesis sobre la familia, y ha empezado hoy. Os dejo las palabras que ha pronunciado en la Audiencia general de esta mañana, en la que muchos peregrinos, amigos y fieles le han felicitado por su 78 cumpleaños:  

Queridos hermanos y hermanas: Con vistas al Sínodo sobre la familia, que tendrá lugar en el mes de octubre, he decidido dedicar las catequesis de este año a reflexionar sobre la familia, este gran don que Dios dio al mundo desde el principio de la creación. La cercanía de la Navidad nos recuerda que Dios quiso nacer en una familia, en un pequeño y apartado pueblo del Imperio Romano. Jesús permaneció en Nazaret alrededor de 30 años, llevando una vida normal, en el seno de una familia israelita piadosa y trabajadora. Alguno puede pensar: Si vino a redimir al mundo, qué manera de perder el tiempo, ¿no? Y, sin embargo, lo hizo así. Entre otras costumbres de la vida cotidiana, se dedicó al cumplimiento de los deberes sociales y religiosos, el trabajo con José, la escucha de la Escritura y el rezo de los salmos. María y José acogieron con amor a Jesús, teniendo que superar muchas dificultades. Por ello, la suya no era una familia irreal, de fábula. Cuánto podemos aprender de María y de José, y especialmente de su amor a Jesús. Ellos nos ayudan a redescubrir la vocación y la misión de la familia, de toda familia. Cada vez que una familia, en cualquier parte del mundo, acoge este misterio, en ella actúa el misterio del Hijo de Dios que viene a salvar el mundo.

Empieza la cuenta atrás para la Navidad

Y os propongo esta canción de Pentatonix, Mary, Did You Know? ¿Qué os parece?
Esta es la letra:
Mary, did you know that your baby boy Will one day walk on water
Mary, did you know that your baby boy Will save our sons and daughters
Did you know that your baby boy Has come to make you new
This child that you've delivered Will soon deliver you
Mary, did you know that your baby boy Will give sight to a blind man
Mary, did you know that your baby boy Will calm a storm with his hand
Did you know that your baby boy Has walked where angels trod
When you kiss your little baby You've kissed the face of God
Mary, did you know Mary, did you know
Mary, did you know Mary, did you know The blind will see The deaf will hear
And the dead will live again The lame will leap The dumb will speak The praises of the lamb
Mary, did you know that your baby boy Is Lord of all creation?
Mary, did you know that your baby boy Will one day rule the nations?
Did you know that your baby boy Is heavens perfect lamb?
This sleeping child you're holding Is the great I am

María, Reina del cielo



En la solemnidad de la Inmaculada Concepción también nosotros podemos decir con palabras del profeta Isaías recogidas en la antífona de entrada: Gaudens gaudébo in Dómino, et exultábit ánima mea in Deo meo (“me llena de gozo el Señor, mi alma se alegra con mi Dios”, Is 61,10).
Durante los días de la novena de la Inmaculada hemos intentado llevar y meter a la Santísima Virgen en todo y para todo. Te pedimos perdón, Madre nuestra, por nuestras negligencias y faltas, por las omisiones. 
                 
Transportando el Arca
María es Foederis arca, el Arca de la alianza. La portadora de Dios. El Arca fue para el pueblo de Israel el signo de la presencia de Dios. Conmueve leer en el Antiguo Testamento como David introduce en Jerusalén el Arca de la Alianza. Es una fiesta grande. Después de preparar un lugar apropiado y convocar a todas las familias de Israel, cuenta el libro de las Crónicas en una descripción maravillosa: “Se santificaron pues, los sacerdotes y los levitas, para subir el arca del Señor, Dios de Israel. Y los levitas trasladaron el arca de Dios poniendo sus varales sobre sus hombros, como lo había ordenado Moisés, según la palabra del Señor.
David dijo a los jefes de los levitas que dispusieran a sus hermanos los cantores con instrumentos musicales, arpas, cítaras y címbalos, para que los hiciesen resonar con fuerza en señal de júbilo (…) Los cantores Hemán, Asaf y Etán hacían resonar címbalos de bronce. Zacarías, Yaaziel , Semiramot, Yejiel, Uní, Eliab, Maasías y Benaías tenían arpas de tonos altos. Matatías, Eliflehu, Micneías, Obededon, Yeiel y Azazías, tenían cítaras de octava, para dar el tono. Quenanías, jefe de los levitas encargados del transporte, dirigía el traslado, porque era experto. Berequías y Elcaná eran porteros del arca. Sebanías, Josafat, Natanael, Amasay, Zacarías, Benaías y Eliécer, sacerdotes, hacían sonar las trompetas delante del arca de Dios. Obededom y Yejiyá eran porteros del arca” (1 Cr 15, 14-23).

La Virgen Santísima es la verdadera Arca de la Alianza, Templo de la definitiva presencia de Dios sobre la tierra. Por eso dice San Juan Damasceno: “Hoy descansa en el Templo divino, no fabricado por mano alguna, la que fue también Templo del Señor” (In Assumptionem 2).

¡Como no nos vamos a llenar nosotros de alegría en una fiesta como la de hoy!: Gaudens gaudébo in Dómino, et exultábit ánima mea in Deo meo.

Hoy es un día para contemplar con más profundidad el amor de Dios por nosotros: “ahondar en la hondura del Amor de Dios”, contemplando a la Santísima Virgen, metiéndola en todo y para todo.

Santa María la Real de la Almudena
Hoy hemos de organizar una entrada especial de la Virgen en nuestra vida: esas jaculatorias serán nuestros címbalos, nuestras arpas, nuestras cítaras de octava, para dar el tono. Tenemos que adentrarnos así. Que sea yo también un templo para Jesús.

Ahondar en el amor de Dios por nosotros no es sólo asombrarnos. Mirando a la Santísima Virgen sabemos que no podemos imitar a María en su condición de Madre de Dios e Inmaculada. Pero si podemos tratar de imitarla en su santidad de vida. Ella fue engendrada sin pecado original, pero la victoria sobre el pecado a lo largo de su vida fue fruto de su lucha. Hoy, en la segunda lectura, leemos a San Pablo:

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad (Ef 1, 3-5).

A María no le faltó la gracia para vivir en todo momento como correspondía a la santidad de la Madre de Dios. A nosotros tampoco nos faltará la gracia para que podamos cumplir en todo momento la voluntad de Dios: ser santos, con todas las consecuencias y en todas las circunstancias.
Para el pueblo de Israel el arca era el signo de la presencia de Dios. Para nosotros lo es la Santísima Virgen: camino seguro. De su mano, Dios –la Santísima Trinidad- se va metiendo más y más en nuestra vida. Ella es nuestra seguridad: nuestra Madre.

María, Madre nuestra



Jesús, viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19, 26-27).

Virgen de Covadonga
Veo tu Cruz, Jesús mío, y gozo de tu gracia, porque el premio de tu Calvario ha sido para nosotros el Espíritu Santo… Y te me das, cada día, amoroso -¡loco!- en la Hostia Santísima… Y me has hecho ¡hijo de Dios!, y me has dado a tu Madre” (Forja, n. 27). 

Ahora tenemos por Madre a la Madre de Dios, y nos quiere con locura. Acudamos a Ella con confianza, cada día.

María al pie de la Cruz



El Pequeño Principe y el aviador

Consuelo Sucín nació en El Salvador, es probablemente una mujer poco conocida. Muy poco conocida. Más conocido fue su marido Antoine de Saint-Exupéry. Pero ella, aunque ignorasen quien era, ha hecho llorar y emocionarse a muchas personas. Ella era la rosa que El Principito – la mitad de Antoine- dejó abandonada en su planeta. A su otra mitad –el aviador- le dice el Principito: “en tu tierra los hombres cultivan cinco mil rosas en un mismo jardín… Y no encuentran lo que buscan”. Y la causa de esa ineficacia la da el zorro: “Es muy simple: no se ve bien si no con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”.

Buscar con los ojos el amor es imposible: es el amor el que nos hace comprender que la belleza de la rosa se protege con las espinas y que, por tanto, son las espinas las que protegen esa belleza. En este séptimo día de la Novena nos vamos a centrar en contemplar a María al pie de la Cruz. Junto a la belleza de la redención, está el sufrimiento. Ella interpreta esa fusión de una manera impecable.

La Virgen Dolorosa. Cuando la contemples, ve su Corazón: es una Madre con dos hijos frente a frente: Él… y tú” (Camino, n. 506).

María consuela a Jesús
Hace unos meses encontré coincidí con un adolescente que leía un libro y le pregunté cuál era. Me enseñó la portada: “El hombre en busca de sentido”, de Victor Frankl. Lo más interesante es que, según me contó, se lo había pasado un compañero que lo había leído dos veces. Además de darme una gran alegría, me animó a repasar en casa el libro que había leído hacía ya tiempo. El fundador de la logoterapia llega a lo más profundo del alma humana describiendo y analizando las reacciones propias y ajenas en un campo de concentración. Allí donde se palpa el dolor, de todo tipo, en un grado intensísimo. Y allí, en el fondo del alma, es donde encontramos siempre que lo busquemos, el sentido de nuestra vida. Es lo que busca El Principito por distintos planetas… y lo que encontramos cuando Jesús desde la Cruz nos dice “ahí tienes a tu madre”. Pero más aún, y quizá lo pensamos menos, cuando Jesús dice a su Madre “ahí tienes a tu hijo”.

Y cuando encontramos el testimonio de las comunidades cristianas de todo el mundo que sufren persecución, como recordaba el Papa Francisco recientemente ante el Parlamento europeo “comunidades y personas que son objeto de crueles violencias: expulsadas de sus propias casa y patrias; vendidas como esclavas; asesinadas, decapitadas, crucificadas y quemadas vivas”. ¿Dónde está el sentido?

Para no perder de vista el sentido profundo de nuestras vidas, su origen en la bondad de Dios y su fin, que es el gozo eterno en el cielo, es necesario afrontar los sufrimientos de esta vida con alegría, ofreciéndoselos s Dios –a la vez que, siempre que sea posible, buscando remedio-, y en María encontraremos la fortaleza necesaria.

Admira la reciedumbre de Santa María: al pie de la Cruz, con el mayor dolor humano –no hay dolor como su dolor-, llena de fortaleza.

-Y pídele de esa reciedumbre, para que sepas también estar junto a la Cruz (Camino, n. 507).

María, maestra de oración


Virgen de Guadalupe

A tener sintonía con el Señor hay que aprender. Él se nos revela y nos habla a través de la Sagrada Escritura. La Virgen demuestra tener un gran conocimiento de la Sagrada Escritura y de su sentido cuando recita el maravilloso cántico del Magnificat. Como decía Benedicto XVI “esta poesía de María es totalmente original; sin embargo, al mismo tiempo, es un “tejido” hecho con “hilos del Antiguo Testamento, hecho de palabra de Dios” (homilía, 15.VIII.2005). ¡Qué bueno es saber hacer “original” la Palabra de Dios en nuestra vida! Eso es ser cristiano, “otro Cristo”, “el mismo Cristo”, porque Él es la Palabra.

En la historia de cada hombre, esa sintonía con el Señor es un tema capital. Porque hemos de buscarla libremente. Cuenta el propio Unamuno su combate espiritual en la adolescencia: “Hace muchos años ya, siendo yo casi un niño, en la época en la que más imbuido estaba del espíritu religioso, se me ocurrió un día, al volver de comulgar, abrir al azar un Evangelio y poner el dedo sobre algún pasaje. Y me salió este: “Id y predicad el Evangelio por todas las naciones”. Me produjo una impresión muy honda; lo interpreté como un mandato de que me hiciese sacerdote.

Más como ya por entonces, a mis quince o dieciséis años, estaba en relaciones con la que hoy es mi mujer, decidí tentar de nuevo y pedir aclaración. Cuando comulgué de nuevo fui a casa, abrí otra vez, y me salió este versillo, el 27 del capítulo IX de S. Juan: “Respondióles: Ya os lo he dicho y no habéis atendido, ¿por qué lo queréis oír otra vez?” No puedo explicarle la impresión que esto me produjo” (Revista de la Universidad de Buenos Aires, 7, p. 74-75)*.

San Antonio abad
Unamuno cerró el Evangelio aunque esa impresión le acompañó toda la vida. Distinta es la historia de un joven de 18 o 20 años que, en torno al año 269 se movía en torno a la villa de Queman (Egipto), entre otros ascetas. Con el tiempo fue san Antonio abad. Sus padres le habían dejado una copiosa herencia y la tutela de su hermana pequeña. Un buen día entró en la iglesia y oyó al sacerdote las palabras evangélicas: “Ve, vende cuanto tienes, dáselo a los pobres y sígueme…” Fue a los seis meses de quedar huérfano, vendió todo excepto lo necesario para mantener a su hermana. Pero otra vez oye en la iglesia las palabras del Señor que le instan a no atesorar para el día de mañana. Dejó a su hermana al cuidado de unas religiosas y, despojado de todo, se dedicó a la oración, a la expiación y al apostolado.

Que fácil y que difícil es aplicarse las palabras de la escritura. María es Maestra de oración. Es la que nos enseña a conocer a Jesús y a nosotros mismos. En lo más corriente.

María tiene la experiencia de turbarse ante un Dios que para nada lo provoca y llega a ver con sus ojos puros lo que nosotros tantas veces nos inquietamos por ver: lo divino en lo humano, la acción de Dios en el torbellino de la acción humana. María miraba a Dios niño entre el barullo de niños alborotados que jugaban en el jardín, y aquel Niño era Dios; miraba a Jesús, Dios, que se zafaba cuando le intentaba peinar, que comía en la mesa, que decía palabras comunes, no palabras de vida eterna; y lo miraba con ojos admirados cuando volvía a casa con la cabeza empapada, cuando al anochecer dormía bajo las sábanas con el sueño de todos los niños de este mundo.

Ver a Dios en los ojos de un niño, escuchar a Dios en la voz de los hombres, por desgraciada que sea.

Y así María, teniendo ante sus ojos al Dios encarnado, inauguró la contemplación cristiana. María inaugura la encarnación (JUAN BAUTISTA TORELLÓ, Studi Cattolici, 502, p. 879, la traducción es mía).

*El texto de Unamuno lo encontré en la magnífica obra de Charles Möeller, Literatura del siglo XX y cristianismo.