María, Madre de Dios



Virgen de las clarisas de Lerma


Comenzamos hoy la novena de la Inmaculada: ¿qué es esto de la Novena de la Inmaculada? Para muchos oír hablar de la Novena tiene inmediatas repercusiones futbolísticas, por el número de copas conseguidas por algún equipo; o en el mejor de los casos musicales,  por el número de sinfonías compuestas por alguno de los mejores músicos de la historia. Pero lo que nos trae aquí son nueve días de preparación de una de las fiestas más importantes de la Santísima Virgen: la fiesta de la Inmaculada Concepción de María. ¿Por qué es tan importante? ¿por qué se celebra con una Novena?

Se podría resumir así: celebramos que Dios eligió a una mujer jovencísima para que fuese su Madre, que la privó de todo pecado (Inmaculada), que esa Mujer dijo a Dios que sí, que aceptaba. Un sí, dicho por una joven que ha sido el sí más serio y de mayores consecuencias de toda la historia de la humanidad.

Prepararse para la fiesta de la Inmaculada Concepción es aventurarse a decir sí a Dios, cualquier otra manera sería ridícula. Ante nuestra Madre y el misterio de su Inmaculada Concepción no caben conformismos, miras cortas, pactos con la mediocridad.

Me llamarán bienaventurada todas las generaciones” (Lc 1, 48). Las repercusiones de la generosidad con Dios son incalculables. Por eso dice san Josemaría “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere, no lo olvides, dependen muchas cosas grandes” (Camino, n. 756). 

Durante estos días tenemos la oportunidad de pedir a la Virgen esa decisión firme de hacer lo que Dios quiere. Y lo que Dios quiere que hagamos en cada momento es lo que tenemos que hacer: estudiar, trabajar, deporte, escuchar música, estar con la familia… pero con perfección humana –acabando bien las cosas- y perfección cristiana, ofreciéndoselo al Señor. Mira si es fácil, que en la Virgen tenemos un modelo de virtudes sin espectáculo, hizo simplemente lo que debía y estuvo en lo que hacía (Haz lo que debes y está en lo que haces, Camino n. 755).

Para eso, que parece tan fácil, necesitamos la ayuda de la gracia de Dios. Y quien nos la facilita es Ella. Por eso un buen punto de partida es comenzar la Novena agarrándonos a la mano de la Virgen, sin importarnos el qué dirán. Estar estos días, respecto a la Dios, con nuestra Madre, on fire.

Puerta de Alcalá en Navidad (Madrid)
Lo primero es tener buenas disposiciones. Vamos a pedir al Señor que nos ayude a ser personas maduras, como la Virgen María. Superar la adolescencia espiritual. Me acordaba de un suceso que nos puede ayudar a pensar en esto. Le ocurrió a un chico de unos quince años: se había convertido hacía pocos meses, sus padres no creían mucho, su conversión (en realidad, aunque no se daba cuenta, consistía en una entrega a Dios), le hizo salir de muchos líos y sus padres estaban contentos por eso. Era el líder, el más adelantado de la clase, el mejor de los amigos: un crack. Un día en el instituto se sintió mal, un malestar con efectos desagradables. Tuvieron que llevarle a la enfermería. Y su madre se acercó a recogerle en coche, delante de todos los compañeros y compañeras, sintió una vergüenza enorme y la trató con frialdad, distancia y dejadez. Un comportamiento propio de la adolescencia. Ya en casa estuvo toda la tarde durmiendo. Cuando se hubo recuperado, su padre tuvo una conversación con él, y entre otras cosas le dijo: “tu religión no debería quedarse sólo en palabras. Tienes que pensar cómo tratas a la gente. Nunca te avergüences de que te vean con tu madre” (cfr. Scott Hahn, Madre de Dios, Madre nuestra, p.10)

Durante estos días, ofrece tu trabajo, tu estudio, a la Santísima Virgen. Pon una imagen de la Virgen en tu mesa de trabajo, cuando vayas a estudiar, en tu cartera. Cumple con honradez tu horario. Haz lo que debes y está en lo que haces.

Y no te avergüences de que te vean con tu Madre.

#Adviento #2014

Hubo una época muy larga de la historia, hasta hace poco tiempo, en la que los hombres no estaban ávidos de grandes noticias. Sobre todo porque no había grandes noticias sino de tanto en tanto, quizá de un siglo a otro. Los mayores interrogantes de cada día eran sobre el clima, y además aprendieron a vaticinar más o menos las lluvias y los vientos, con lo cual incluso el tiempo era predecible.


Cuando pasaba alguien por los pueblos o ciudades, ya tenían tema para una temporada. Si llegaban salteadores, como es lógico era sin avisar. Y tampoco perdían tiempo preocupándose por su vida o su salud. Cuando hacía falta se ocupaban de defenderse o de sanar, pero como ni un ataque ni una epidemia eran previsibles, vivían al día. Con lo puesto. A veces demasiado tiempo.


No vivían agitados por grandes problemas. No había periódicos que atizaban la hoguera de los miedos, de las inquietudes… ¡vamos a morir todos por el virus del ébola! ¡está a punto de estallar una revolución! ¡van a caer las estructuras por el peso de la corrupción!… En aquella época eran más sencillos: ¡que viene el coco!¡que te lleva el hombre del saco! Advertencias que eran, en el fondo, como las noticias sensacionalistas de hoy, un poco de cosquilleo pasajero.


La gente no temblaba por medias verdades, como ahora cuando los medios de comunicación abren el tiro de la chimenea de los miedos, las crispaciones, el desasosiego. Durante mucho tiempo vivieron los hombres esperando una noticia, que no fue espectacular ni sensacionalista. Esperaban un Mesías, y nació el Redentor. No eran una noticia caduca, de esas que se programan según hayan o no elecciones democráticas. No tuvo un efecto efímero. Fue una Nueva tan contundente que desde entonces cambió el mundo.


Tanto cambió que el aspecto de nuestras ciudades, nuestro comportamiento, muchas de nuestras costumbres, tienen su fundamento y su raíz en ese acontecimiento. Y Dios quiso, como para remarcar más lo ridículo de los rumores, dicerías, y propagación de medias verdades… que el primero que podría haber roto el silencio sobre tan magna noticia quedara mudo durante un tiempo.


A Zacarías, que estaba ofreciendo el incienso en el templo construido por Herodes, se le apareció San Gabriel para anunciarle que tendrían un hijo, que sería el precursor. Y por la falta de fe de Zacarías el Señor le tapó la boca hasta que pusieron el nombre a Juan, el Bautista. 


Quizá esta reflexión nos ayude a centrarnos en el tiempo en el que vamos a introducirnos: el Adviento. A parar un momento, respirar hondo el aire puro y frío de estos días, mirar hacia arriba, y dirigir nuestra atención a esa noticia que realmente es vieja y nueva, eterna, fundante, profunda, cuyo centro es la Verdad con mayúsculas, y que trata de que Dios, el Creador del mundo, se hizo hombre para salvarnos.


El Todopoderoso, cuya Misericordia puede con los pecados más horribles, y ante quien los más poderosos agachan la cabeza, si no es en vida, cuando pasan el umbral de la muerte, para no coscorronear sus brillantes coronillas o sus peinadas azoteas... el Todopoderoso, decía, además de crearnos nos ha querido hasta entregarse por nosotros. Eso sí es noticia.


Y ante esa noticia merece la pena hacer un poco de silencio interior. Hoy, ahora. Cada año nos enfrentamos a un tiempo que llamamos Adviento. Y este año… puede ser un gran Adviento, plantéatelo así. Porque merece la pena que ahondemos en nuestra fe. Que busquemos la presencia de Dios en nuestras ocupaciones diarias, como Zacarías en el templo, porque allí es donde nos habla, nos prepara, se nos anuncia.


Silencio para acallar los miedos, las angustias, las preocupaciones efímeras… e ilusionarnos en fortalecer nuestra fe enfocando nuestra existencia hacia la eternidad. Con seriedad. Hemos de fomentar la ilusión de prepararnos muy bien para saber ponernos de rodillas –como los pastores- ante un Dios que se hace Niño, pequeño, indefenso. Esa es nuestra fortaleza, y el remedio de esos efectos que producen las noticias caducas en nuestras vidas. Vivir con una conciencia formada en el mensaje de Jesucristo. No por cabezonería, sino porque es el Camino para ser felices aquí y en la eternidad.


El silencio se practica en la oración. Cuando hay silencio en la oración ocurren dos cosas: la primera que dejamos hablar, la segunda que escuchamos. Si además hacemos el esfuerzo de comprender y poner en práctica lo que Dios nos anuncia… ya no serán dos sino tres.

La Santísima Virgen es la protagonista de la segunda Anunciación,  y nos dice a nosotros como estar en silencio, cómo tenemos que dejar hablar a Dios, cómo tenemos que escuchar y cómo tenemos que poner por obra lo que escuchamos.

Pero antes incluso de todo eso, la primera enseñanza que nos da nuestra Madre es su reacción ante el anuncio del Ángel. Si hay algo por lo que merece la pena “turbarse”, asombrarse, inquietarse –con paz-, no es por las noticias de plástico con que nos bombardean a diario, es por la Buena Nueva que vamos a celebrar en la próxima Navidad. Y esa turbación es purificación, preparación, silencio, oración… en una palabra, Adviento.